martes, 17 de abril de 2012

Segunda carta: La carta que te escribí cuando te fuiste en la mañana



No se trataba de cumplir un tiempo determinado frete a tus ojos y darse cuenta si eras o no, eso no me importaba si mientras te miraba de ojos cerrados, me podía dar cuenta que tu inmovilidad me aseguraba unos minutos más a tu lado. Yo no paraba de imaginarme como sería tu cara al despertar, si la vergüenza te haría esconder la esencia debajo de la almohada o el mundo te haría escapar por la ventana sin decir adiós (igual son imágenes divertidas en mi cabeza). 
Te analicé bastante rato como para notar que roncas un poco cuando duermes de lado y no te sirve de mucho el peinado por la noche, que tus calzoncillos son horribles pero de película y que de repente si no estuvieras aquí, el sol no se hubiera demorado tanto en salir. 
Ya a la hora que yo no puedo dormir, te desperté sin querer queriendo, tus besos tenían sobre valorado al  cigarro y tus ojos comían las paredes de pudor, no de pudor tan malo esos sí, porque tus cariños de pelo me lo dijeron antes de que te asaltara con la pregunta. En esos minutos solo supe que te pasaba lo mismo que a mí, tenías ganas de salir de la situación, de salir por la puerta y pensar en que ahora ya nada sería igual, las mismas que tenía yo de que te fueras para poder verte otro día más arreglada y con más páginas que escribir sobre las sillas del recuerdo. 
Yo no sé qué pasa detrás de mi puerta ahora y no me importa, porque no creo en la felicidad eterna, solo en los aires con olor a vainilla que duran lo que tiene que durar. 
Ojalá que cuando leas esta carta el recuerdo de ese día sea  distinto al mío, porque así tendremos dos historias que contar, quizás alguna más sexy y otra más romántica.

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