Ayer me subí en el paradero de siempre y comencé el viaje de siempre. Mire al frente y en el asiento naranjo estaba él. Su terno café guardado para la ocasión, sus cabellos blancos en los que percibí la peineta que uso al salir, su maletín discretamente cocido en una esquina, sus manos echas de venas y su sonrisa recién afeitada. Me dijeron que esta era su oportunidad. Pero luego baje la vista, me detuve con angustia cerca de sus zapatos recién lustrados y me di cuenta del error, sus calcetines eran distintos, tan distintos como sus sueños, tan distintos que quizás nadie lo notaría en la Notaría.
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